Carboneras, cisnes y robustallos

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Confiado y audaz, el colirrojo tizón (Phoenicurus ochruros) es una de esas aves que escogen de modo habitual la vecindad de los humanos para desenvolver su entero ciclo vital. Se trata de un muscicápido de hábitos originalmente saxícolas, es decir habitante de los roquedos, donde su presencia siguen siendo muy común, desde los acantilados marinos a la alta montaña pasando por las hoces y cañones fluviales. Pero hace mucho tiempo -probablemente miles de años- que decidió que las construcciones humanas no desmerecían como hogar ideal a sus peñascales nativos. Y así hoy en cualquiera de nuestros pueblos y barrios podemos disfrutar con la vecindad de este simpático y cautivador insectívoro que no duda en construir su nido en el interior de cuadras, pajares, garajes, talleres y -si se le permite- incluso de las viviendas.

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Por ello no es de extrañar que si hay un pajarico realmente popular en las comarcas zamoranas, conocido y apreciado por todos al punto de que podría considerarse nuestra ave “nacional” -de modo similar a como lo es su primo el petirrojo para los ingleses (robin), asturianos (raitán) y vascos (txantxangorri)- ése es sin duda nuestra querida carbonera. Efectivamente, éste es el nombre con el que generaciones de zamoranos conocemos y llamamos afectuosamente al colirrojo tizón, a causa del inconfundible plumaje de los machos que presenta un tono negro brillante como el carbón. Esta fue la denominación que aprendí en mi infancia, mucho antes de haber visto representada su imagen en una guía de identificación de aves acompañada de su nombre castellano estándar. Y es éste –carbonera– y no su nombre oficial- el que sigue viniendo a mi mente cada vez que mis ojos se topan en tantos lugares con su figura familiar o escucho desde mi habitación su chirriante y vaporoso canto que emite insistente incluso durante las horas nocturnas.

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Siendo carbonera su vernáculo más extendido en la provincia, podemos encontrar no pocas veces la variante masculina carbonero y en nuestras comarcas más noroccidentales -como Sanabria- las formas tradicionales en leonés occidental carboneira y carboneiru. Pero, a mayores, recibe en Zamora otro curioso nombre referido también a la negra indumentaria del macho. Se trata de cisne o cisnera como es conocido, por ejemplo, en algunos lugares de Sayago y de la comarca de Benavente. Esta chocante denominación está relacionada con un verbo de nuestras hablas leonesas –encisnar o encisniar– equivalente y con el mismo origen que el castellano tiznar “manchar con tizne, hollín u otra materia semejante”.  Otros nombres populares frecuentes en el occidente zamorano como rabirrubiu, rabarrubiu, rabirrunciu o raberrugu ponen el foco en su característica cola de color rojizo anaranjado. Su costumbre de agitarla de modo espasmódico da lugar, por otro lado, a otra más de sus denominaciones sanabresas: la de rabustallu o robustallu, es decir “el que hace estallar o restallar el rabo”.

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Pero sea cual sea el nombre que le demos, aprendido en casa, en la calle o en las páginas de un libro, todos compartimos unos mismos sentimientos cuando descubrimos su oscura y menuda silueta emplumada. Sensaciones que nos devuelven a la infancia y a la nostalgia de un mundo perdido que bullía exuberante de vida a nuestro alrededor y que retorna cada vez que la carbonera agita su vistosa cola de color teja.