Torcecuellos invernantes

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El pasado 2 de diciembre, María Isabel Martín y yo vimos un ejemplar de este pícido en el bosque de Valorio, a las afueras de Zamora capital.  El torcecuello (Jynx torquilla) es un migrante típico cuya área de invernada principal se encuentra en continente africano al sur del Sahara. Sin embargo, al igual que en otras partes de la península Ibérica, algunos ejemplares son observados casi todas las temporadas  durante los meses de noviembre a febrero en el entorno de la ciudad de Zamora y en otras partes de su provincia. Parques y jardines son medios especialmente apreciados por estos torcecuellos invernantes a los que podemos sorprender buscando hormigas y otros insectos entre la hierba.

Cárabos de ciudad

Oír el trémulo ulular del cárabo es escuchar la genuina voz de la naturaleza salvaje llamándonos desde la profunda oscuridad del bosque nocturno. Del bosque…o de un parque urbano, pues cada vez son más los ejemplares de esta especie que se adaptan a vivir en ámbitos ciudadanos.

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Otras estrigiformes, como el mochuelo, el autillo y la lechuza (cazadores de invertebrados y/o pequeños roedores) acusan la falta cada vez mayor de presas y de cazaderos y se han enrarecido enormemente en el interior de las ciudades, donde hasta hace poco eran frecuentes. En cambio, el cárabo se adapta a la perfección a las circunstancias adversas, con una dieta mucho más flexible que incluye la posibilidad de sustentarse a base de pequeñas aves, tales como gorriones o estorninos.

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En la ciudad de Zamora siempre hubo una pequeña población de cárabos asentada en las islas y riberas arboladas del río Duero, compuesta por no más de tres o cuatro parejas reproductoras. Pero hace una década comenzaron un proceso de expansión que los llevó a establecerse en el bosque urbano de Valorio y, algunos años más tarde, a dar el salto al casco antiguo donde hoy día su presencia resulta habitual en el entorno del Castillo. Tampoco es raro que algunos ejemplares se dispersen en busca de presas recorriendo los parques y jardines de otras zonas de la ciudad.

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De modo que si, en medio de la vigilia o del paseo nocherniego, le parece escuchar su voz vibrante como de ocarina, no crea que se está volviendo loco. Es el espíritu de los bosques que regresa reclamando las antiguas posesiones de sus ancestros.

Alcaudón real: Un pequeño depredador amenazado.

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El alcaudón real (Lanius meridionalis) es sin duda una de las aves ibéricas más interesantes. Habitante de los espacios abiertos con arboles y arbustos dispersos, sus poblaciones han sufrido un dramático descenso en las últimas décadas (hasta un 60% en los 10 últimos años) debido a los negativos y rápidos cambios que está sufriendo su hábitat, relacionados sobre todo con la intensificación agrícola. Por esta causa fue incluido recientemente en el Libro Rojo de las Especies Amenazadas de la Unión Internnacional para la Conservación de la Naturaleza en la categoría de “Vulnerable”. Esto quiere decir que se le considera una especie tan amenazada a escala mundial como pueda ser el águila imperial ibérica y mucho más que, por ejemplo, el oso pardo o el lobo.

Este activo depredador integra en su dieta numerosos insectos y otros invertebrados al lado de una elevada proporción de vertebrados de talla reducida, tales como lagartijas, ranas, tritones, ratones, topillos y una gran variedad de pequeños pájaros. Para poder despedazar sus presas las sujeta en las espinas de diversas especies arbustivas, sistema que también utiliza para la creación de pequeñas despensas. Esta adaptación a la predación de pequeños vertebrados (excepcional en un paseriforme de pequeña talla como es el alcaudón real) le permite permanecer durante todo el año en nuestras latitudes, también durante los meses más fríos, al contrario que las otras especies de alcaudones ibéricos (común, dorsirrojo y chico) -más pequeños y mucho más dependientes de la dieta insectívora- todos los cuales son migrantes transaharianos.

En la provincia de Zamora sigue siendo un ave relativamente frecuente, encontrándose distribuida por prácticamente todo nuestro territorio. Las densidades más altas se observan en las comarcas del suroeste y centro-oeste, como Sayago, Tierra de Alba y Aliste, reduciéndose en el noroeste montañoso (Sanabria) y en las comarcas de agricultura más intensificada.

También en el municipio de Zamora contamos con representación de esta peculiar y amenazada especie, pudiendo disfrutar de la presencia habitual de ejemplares incluso en los mismos límites del casco urbano, por ejemplo en el bosque de Valorio y en las riberas del Duero. Hasta hace algunos años no era raro verlo, fuera de la época de cría, en baldíos y huertas del interior de la ciudad.

El nombre vernáculo más frecuentemente aplicado a esta especie en la provincia de Zamora es el de “picanzo” o -menos a menudo- “picanza”, que comparte por lo general con sus congéneres los alcaudones común (Lanius senator) y dorsirrojo (Lanius collurio). Para diferenciarlo de estas otras especies recibe diversas denominaciones específicas, tales como: “picanzo pegal”, “picanzo real”, “picanza real”, “picanzo ferral”, “picanzo grande” y “picanzo invernizo” o “inverniz”. Pero además es conocido en nuestras comarcas con otros nombres populares como los de “cabezón”, “cabezota”, “carranzo”, “raipego” y “rabilargo”.

Rapaces nocturnas del bosque de Valorio.

Las rapaces nocturnas (estrigiformes) constituyen uno de los elementos más interesantes de la avifauna de este bosque periurbano de la ciudad de Zamora. Hasta hace 15 años acogía cuatro especies diferentes de este orden de aves: el autillo (Otus scops), el mochuelo (Athene noctua), el búho chico (Asio otus) y la lechuza común (Tyto alba). Ésta última, que siempre había sido muy escasa, desapareció por aquellas fechas.

Sin embargo, unos años más tarde (en torno al 2010) una nueva especie comenzó a colonizar el bosque: el cárabo (Strix aluco). En la actualidad, su población local se compone de 3 parejas reproductoras.

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Por su parte, el búho chico mantiene desde hace dos décadas una población bastante estable que oscila enre las 5 y las 8 parejas, mientras que el autillo -antaño muy abundante- ha experimentado una regresión muy marcada, descendiendo desde las 10 u 11 parejas que se censaron hacia el año 2000 hasta las 4 o 5 actuales. Igualmente negativa es la evolución de la población del mochuelo que ha caído en los últimos 20 años desde 6 o 7 parejas hasta solamente 2 o 3.

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